¡Rugido! Se huelen, y les entra unas incontenibles ganas de cazar, de cazarse. No es la primera vez que se encuentra en una jungla de sábana y seda. ¿Quien da el primer mordisco? ¿Quien lo podría decir? Y en mitad de la noche, una noche de constelación secreta de zarpa sobre arena, se ven envueltos entre si.
¡¡Rugido!! Constantes los mordiscos, arañazos, lametones que las fieras se otorgan, no hay piedad entre ellos, como tampoco hay otra cosa sino una pasión inconcebible, un completo frenesí salvaje. Y el mundo es sencillamente un pequeño bocado para el hambre que se procesan. Y el rugido desvela su pureza.
Suspiro. En silencio comienza a brotar ante la llamada de su hambre voraz. Los músculos tensos y dañados, presa de su anhelo, se relajan y se tornan en contra de sus dueños, para ser exclusivamente del otro. Y así, cazadores cazados, disfrutan de sus manjares que son sus presas, que son ellos mismo.
¡Suspiro! Nunca nada supo tan bien, ninguna presa jamás sería como aquella, un hambre atroz, la necesidad de comer que se transforma en el placer de devorarse. Y la naturaleza presenta un solo ser. Salvaje melena y oscuro pelaje. Dos corazones que laten como uno, en un frenesí que se aproxima, de incontables rugidos.
¡¡Suspiro!!
